DÍA 2
¿Qué está en juego?
Por Wendy Carrasco, periodista y educadora
En la etapa de la niñez y la adolescencia se construyen las bases más profundas de la identidad personal. No se trata únicamente de gustos, preferencias o expresiones pasajeras, sino del desarrollo progresivo del autoconcepto, la autoestima y la comprensión de quién se es en el mundo.
Diversas corrientes de la psicología del desarrollo coinciden en que durante estas etapas el acompañamiento adulto es determinante. La identidad no surge aislada; se forma en diálogo con la familia, la escuela y el entorno cultural. Por ello, cualquier narrativa que impacte la autopercepción del niño debe analizarse con responsabilidad.
En este contexto, los espacios conocidos como “Places Therian” —donde algunas personas afirman identificarse con animales no humanos— abren una discusión necesaria cuando la participación involucra menores de edad. Es importante diferenciar entre el juego simbólico, que forma parte natural del crecimiento infantil, y una autoidentificación persistente que puede influir en la comprensión estable de la propia naturaleza humana.
El juego permite explorar roles; la formación, en cambio, consolida identidad. Confundir ambos planos puede generar ambigüedad en etapas donde la claridad es esencial. La educación, en su misión integral, no solo transmite conocimientos académicos, sino que fortalece el sentido de pertenencia, la dignidad y el valor intrínseco de cada persona.
Padres y docentes tenemos la responsabilidad de orientar con serenidad y criterio. No se trata de alarmismo, pero tampoco de indiferencia. Cuando una tendencia cultural comienza a incidir en la autodefinición de niños y adolescentes, corresponde preguntarnos si estamos ofreciendo acompañamiento suficiente para fortalecer una identidad humana sana, consciente y equilibrada.
La República Dominicana ha defendido históricamente la centralidad de la persona humana en su modelo educativo y social. En ese marco, la reflexión no busca estigmatizar, sino prevenir posibles distorsiones que puedan afectar el desarrollo integral.
La pregunta que debemos hacernos como sociedad es clara:
¿Estamos proporcionando a nuestros niños las herramientas necesarias para comprender su dignidad y naturaleza humana, o estamos dejando vacíos formativos que otros discursos están llenando?
La respuesta no puede ser individual. Es una tarea compartida entre familia, escuela y Estado.
