Hay muertes que hacen ruido y otras que se cubren con silencio.
Hay tragedias que se narran con pelos y señales, y otras que se esconden bajo el manto del “respeto a la integridad humana”.
La diferencia, tristemente, no suele ser el hecho en sí, sino el apellido, el estatus social o la cercanía con círculos de poder.
El reciente caso de la mujer que se lanzó desde la cuarta planta de Ágora Mall es un ejemplo inquietante de ese hermetismo selectivo que practican algunos medios tradicionales. Se apela al respeto, a la prudencia y a la salud mental… valores que, sin duda, son correctos y necesarios. Pero surge una pregunta incómoda:
¿por qué ese mismo criterio no se aplica cuando la víctima es una persona de un barrio, sin apellido conocido ni conexiones mediáticas?
Cuando el hecho ocurre en un entorno humilde, el tratamiento informativo suele ser distinto y cruel.
Se publican nombres, apodos, fotos sin consentimiento, detalles escabrosos del suceso, versiones no confirmadas y hasta juicios morales disfrazados de crónica. Poco importa el dolor de la familia o la dignidad de la víctima. La vida parece valer menos cuando no está asociada a un “buen apellido”.
Este doble rasero no es nuevo. Casos recientes lo confirman como el nieto de una reconocida comunicadora que atacó a su padre y a vecinos; o la persona que irrumpió con su vehículo dentro de un supermercado Nacional.
Situaciones vinculadas a figuras, instituciones o entornos de alto perfil —incluyendo episodios relacionados con el Seguro Nacional de Salud -SENASA-, tratados con extremo cuidado, eufemismos y silencios estratégicos.
Mientras tanto, en los barrios, la tragedia se convierte en espectáculo.
No se trata de pedir morbo.
No se trata de linchamientos mediáticos.
Se trata de coherencia ética.
Si como medios decidimos proteger la integridad de una persona y su familia —lo cual es correcto—, ese principio debe ser universal, no condicionado por la clase social, la cercanía al poder o la presión publicitaria. La ética no puede ser selectiva, porque entonces deja de ser ética y se convierte en conveniencia.
El periodismo tiene la responsabilidad de informar con respeto siempre, no solo cuando el caso toca a los suyos.
Porque cuando el silencio protege a unos y expone a otros, no estamos informando, estamos perpetuando desigualdad, estigmas y una peligrosa jerarquía del dolor humano.
Y eso, más que un fallo informativo, es una deuda moral.
