«El glifosato mató a mi bebé y a mis vecinos»: Sofía Gatica, la argentina que se enfrentó a Monsanto y dos décadas después consiguió expulsar de su pueblo a la poderosa empresa

  • Role,BBC News Mundo

La hija de Sofía Gatica murió tres días después de nacer. La causa se debió a las deformaciones embrionarias provocadas por el glifosato en su cuerpo. Pero eso, lo sabría un tiempo después.

En Ituzaingó, una pequeño barrio rural en el centro de Argentina, empezaron hacia fine de la década de 1990 a multiplicarse los casos de personas diagnosticadas de cáncer, enfermedades respiratorias y las muertes de niños.

Los motivos, en aquel momento, no estaban claros. Pero todas las miradas apuntaban al único elemento novedoso en el pueblo: la soya.

La siembra de este grano se expandió desde mediados de 1990 a un ritmo desenfrenado, convirtiendo al diverso destino productivo de las tierras en monocultivo y empujando la frontera ganadera hacia el norte.

Pero el explosión de la soya no era producto de la naturaleza. Para garantizar las grandes siembras, fue necesario incorporar el glifosato, un herbicida que evita el brote de maleza y deja el paso libre a los cultivos controlados.

En 2015, la Organización Mundial de la Salud calificó a este pesticida como una sustancia «probablemente cancerígena». Y a partir de ese momento, muchos países empezaron a restringir su uso.

Pero fue recién en 2018, casi dos décadas después de la muerte de la hija de Sofía, que Monsanto abandonó la provincia, presionado por la presión de sus habitantes.

Esta es la historia de Sofía.

Historia de una madre

Sofía nació en una familia rural de 12 hermanos en la provincia de Córdoba.

Pero el paso del tiempo y los cambios del clima hicieron desaparecer los ríos de la zona, lo que desplazó a los Gatica hacia la capital de la provincia.

No hizo falta mucho tiempo para que Sofía regresara al campo. Al terminar el colegio secundario, con la nostalgia de los días pasados, se casó, dejó la ciudad y volvió con su marido a vivir en una zona alejada del ruido de la ciudad.

Fue en Ituzaingó, un pequeño pueblo del centro del país, donde recuperó la dinámica de una vida más tranquila.

«Cuando llegué a Ituzaingó había frutales y plantaciones de sandías», le dice Sofía a BBC sobre un área donde unos años después el monocultivo de la soya, sostenido a base de semillas genéticamente modificadas y uso intensivo de pesticida, lo dominó todo.

Sofía vivió durante varios años con su familia a 50 metros de los campos de soya, lo que la hacía sentir privilegiada.

Sofía Gatica

FUENTE DE LA IMAGEN,IRENE BARAJAS

Pie de foto,Sofía empezó a llevar un registro de sus vecinos con cáncer.

«Vivíamos cerca del campo de soya, los chicos jugaban ahí. Al principio pensé que estaba bien, que nos daba cierta libertad, pero después descubrí que tenía consecuencias. Ahí fue cuando empecé a sentirme mal», dice Sofía.

Después de tener a su primer hijo, en el momento de su segundo embarazo, los médicos le dijeron que algo no andaba bien con su futura hija, pero que no debía preocuparse porque podría ser operada.

Tras parir a su pequeña niña, las horas pasaban pero no llegaban noticias de ella. La habían llevado a revisar. Pasaban los días y Sofía seguía sin poder ver a su hija.

«Fue muy difícil para mí. Estaba esperando a que me la trajeran, hasta que finalmente me la trajeron y estaba muerta. Me dejaron muerta en mis manos», cuenta Sofía.

La noticia inesperada conmovió a toda la familia. No entendían cuál era la causa del problema.

Pero en poco tiempo, Sofía dejó de lado la tristeza y la timidez para encontrarle una explicación a lo que había pasado.

Fue así que se acercó a un grupo de vecinas para hablar de la inesperada muerte de su hija y terminó por descubrir que muchas otras personas del lugar habían pasado por lo mismo, habían perdido a sus pequeños hijos o algún familiar diagnosticado de cáncer.

«Cuando vi este patrón, empecé a golpear la puerta de cada casa de mi cuadra preguntando a los vecinos cuántas personas en su casa estaban enfermas y qué tipo de enfermedades tenían», cuenta Sofía.

Hombres trabajando con el herbicida de Monsanto.

FUENTE DE LA IMAGEN,GETTY IMAGES

Pie de foto,El herbicida Roundup es uno de los pesticidas más usados del mundo.

En solo una cuadra, descubrió entre cinco y seis chicos que habían muerto por diferentes razones. Sofía entendió que algo raro estaba pasando y que debía actuar.

Fue así que se juntaron con varias vecinas y crearon Madres de Ituzaingó, un grupo de 16 mujeres que trabajan juntas para poner fin al uso indiscriminado de los agroquímicos que estaban envenenando a su comunidad.

Este grupo de mujeres se encargó de ir puerta por puerta relevando los casos de la zona. Fue ahí que descubrieron los graves efectos que la fumigación de pesticidas estaba teniendo en las familias de la zona.

La tasa de cáncer de Ituzaingó era 41 veces más alta que el promedio nacional. Los casos de enfermedades neurológicas y respiratorias, defectos de nacimiento y mortalidad infantil ocurrían por decenas.

Tiempo más tarde, un estudio de la Universidad de Buenos Aires corroboró que el problema era la exposición a pesticidas.

El investigador en biología molecular, Andrés Carrasco, comprobó que el glifosato, un herbicida que cualquier planta podría absorber a través de sus tejidos, aumentaba las posibilidades de tener deformaciones embrionarias.

Esto era por lo que había pasado Sofía.

Una solución, un riesgo

Los agroquímicos son la pieza clave en las grandes siembras, sobre todo en países con inmensas extensiones de tierra destinadas a la agricultura a gran escala como en Argentina.

Monsanto provee productos agrícolas como el herbicida Roundup y las semillas genéticamente modificadas de maíz, soya y algodón, que son las únicas capaces de resistir a este potente agroquímico.

La clave del Roundup es el glifosato, un herbicida que evita que la planta afectada produzca proteínas necesarias para su crecimiento, lo que la conduce finalmente a la muerte.

Patentado en 1974, Monsanto mantuvo los derechos sobre este pesticida hasta el 2000. Después de esa fecha se sumaron más compañías a producirlo como Dow Chemical-Dupont y Syngenta-ChemChina.

Un campo de soya en Argentina.
Pie de foto,Argentina es el tercer mayor exportador de soya del mundo.

«No teníamos idea qué nos enfermaba, no sabíamos que existía el glifosato. Pero después, empezamos a hacer una lista y consultamos a los expertos para sumar toda la información que pudiéramos», recuerda Sofía.

Fue así como hicieron un mapa, donde enumeraron cada muerte y registraron el diagnóstico de su enfermedad. En ese momento, se dieron cuenta de que la mayor cantidad de gente enferma era la que vivía cerca del campo de soya.

Este grupo de mujeres llegó a la conclusión de que el producto químico utilizado en estas extensas plantaciones podía causar enfermedades neurológicas y respiratorias, defectos de nacimiento y mortalidad infantil.

Para Monsanto, el glifosato es la forma de garantizar la seguridad alimentaria y mejorar la cosecha. Para Sofía, como para muchos otros afectados, el glifosato es el veneno que mata a la gente.

«No nos dábamos cuenta de que estábamos viviendo en un barrio contaminado, con mucha gente con cáncer y sin darnos cuenta de lo que estaba pasando», recuerda Sofía.

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