Había una vez un poderoso rey. Su reino era el más próspero de todos. Todo el mundo vivía feliz y en paz. Pero el rey ocultaba un gran secreto: no sabía leer. El rey se avergonzaba por ello, y no quería que nadie lo supiera. Si alguien lo descubría, su reinado correría peligro. Al menos eso es lo que él creía.
Un día llegó una carta al palacio. El rey, como siempre, hizo que su asistente la abriera y que, de paso, la leyera. El rey siempre se las ingeniaba para parecer ocupado cuando llegaba algo que había que leer.
Pero el asistente apenas sabía leer. Nadie le había dicho que tenía que saber leer para ocupar ese puesto, y por eso no había dicho nada. Y, como le daba vergüenza reconocerlo, decidió inventarse lo que no entendía
-Es una declaración de guerra, señor -dijo el asistente-. El rey vecino os invita a batiros en duelo con él. El que gane se quedará con todo. Os pide que vayáis mañana a la hora comer con vuestras mejores galas.
El rey se enojó muchísimo.
-¡Esto es intolerable! ¿Cómo osa ese mentecato a retarme en duelo por mi gran reino? Si es mucho más grande y próspero. Aunque no me vendría nada mal su puerto, todo hay que decirlo. Se va a enterar ese presuntuoso. No voy a dejar que mi pueblo sufra una guerra por su capricho. Y encima me pide que me ponga guapo. ¡Qué tipo más extraño! Escríbele y dile que mañana estaré allí.
El asistente, que apenas sabía escribir, escribió un simple VALE en la misma nota y se la entregó al mensajero.
Al día siguiente, ataviado con sus mejores galas, el rey se presentó en el palacio del rey vecino. Fue recibido con gran pompa y lujo.
-No entiendo nada -dijo el rey a su asistente-. ¿Por qué me reciben así? Soy treinta años más joven que su rey que, además, no goza de buena salud. ¿Me estarán haciendo la pelota porque saben que seré su nuevo rey?
El rey vecino le salió al encuentro y le dijo:
-Oh, amigo, qué gran alegría tenerte aquí -le dijo-. Desde hoy nuestros dos reinos pasarán a ser solo uno. Un solo reino, más grande, más próspero y más poderoso. Cuánto me alegro de que hayas aceptado mi ofrecimiento. Mi hija está encantada.
-¿Se puede saber qué pasa aquí? ¡No entiendo nada!
-Es normal. Estás aturdido. Mi hija, tu prometida, está ansiosa por verte.
-¿Prometida?
-Eso fue lo que acordamos. Tú y ella os casaríais para unificar los dos reinos. Ella está encantada. Te admira muchísimo. Y cuando sepa que la emoción te ha hecho perder el sentido va a quedar encantadísima.
El rey se acercó a sus asistente.
-¿Se puede saber qué pasa aquí? ¿Me has tomado el pelo con la nota?
-No señor, es que apenas sé leer -dijo el asistente-. Me inventé lo que no entendía. Pensé que lo comprobaríais después.
-Bueno, está bien. Ahora toca disimular -dijo el rey.
El rey y la princesa se casaron y unificaron los dos reinos. Ese mismo día el rey hizo el firme propósito de aprender a leer. No podía arriesgarse a perderlo todo por no entender una simple nota.
Y, como suele pasar en estos casos, todos fueron felices para siempre.