La fama puede ser buena o mala. En el caso positivo, cuando se trata de una fama adquirida de repente, por el aviso del talento o por adquisición heroica, ella enaltece, enamora, apasiona y también obnubila. Es uno de los temas más estudiados por los psicólogos. El médico y comunicador español José Carlos Fuentes, de la Universidad de Zaragoza, en su análisis “La Fama es peligrosa”, dice que “el problema de la mayoría de nosotros es que preferimos ser arruinados por los elogios que salvados por las críticas”.

En el caso del cantante Peter de la Rosa “Omega”, el poderío que le confirió la misma sociedad en sus inicios (hace unos nueve años), época en la que se paseaba, a la vista de todos, en vehículos con placas oficiales, custodiado por militares, artillados con armas automáticas que le fueron otorgadas, a juzgar por la tablilla de su yipeta… Desde ese entonces, se acrecentaron en él las creencias de algo que no le fue difícil asimilar: “el poderío. Y, un dominio que traspasaba los lindes de sus orígenes.
A raíz de sus malcriadezas y de actos violentos, grandes analistas y personalidades de importancia y de prestigio en los medios, defensores y censuradores, abrieron una especie de juicio público que ha avivado ese sentir de súper poderoso al creador de un nuevo sonido en el merengue. Que, obviamente, no ha sabido identificar la frontera donde acaba la decencia y el buen comportamiento.
Creo que, en Omega, las instituciones públicas y privadas tienen una tarea enaltecedora y beneficiosa para esa juventud que se siente postergada: no premiarlo, pero si recuperarlo.